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Jueves, 6 Julio 2017

Estos 4 comportamientos de un adulto revelan traumas de niñez

Hay muchas razones por las que se puede generar un trauma en la niñez, desde hechos sutiles hasta otros mucho más violentos. Cualquier tipo de trauma deja secuelas que incluso quizás ni nosotras mismas notamos, y que se van manifestando a lo largo de nuestra vida, llegando a la adultez. Un trauma no enfrentado, no resuelto o no descubierto puede ser mucho más potente de lo que creemos, y por lo mismo queremos compartirles un extracto de la información que la experta en terapia familiar y de pareja, Andrea Brandt, detalló en una columna en el portal Psichology Today, revelando 4 comportamientos de un adulto que indican un trauma en la niñez.

4 comportamientos de un adulto que revelan un trauma en la niñez

“Los niños van dando un sentido a los acontecimientos que atestiguan y de las cosas que les ocurren, así crean un mapa interno de cómo es el mundo. Esta toma de significado les ayuda a hacer frente a las cosas. Pero si los niños no crean un nuevo mapa interno a medida que crecen, su antigua forma de interpretar el mundo puede dañar su capacidad de funcionar como adultos, explica Andrea.

1- Crear un “yo falso”

La creación de un falso yo es una típica manifestación de algunas heridas emocionales de la niñez. La especialista explica que como niños, siempre queremos que nuestros padres nos cuiden y amen. Cuando ellos no hacen esto, entonces intentamos convertirnos en el tipo de niño que creemos a ellos les va a gustar. Así es como vamos creando una persona que presentamos al mundo, pero que no necesariamente es nuestro verdadero yo.

“Cuando enterramos nuestras emociones, perdemos el contacto con quien realmente somos, porque nuestros sentimientos son una parte integral de nosotros. Vivimos nuestras vidas aterrorizadas de que si dejamos caer la máscara, ya no seremos atendidos, amados o aceptados”, asegura Brandt.

También puedes ver: señales que nos avisan que un niño es víctima de abuso.

2- Victimizarse

Lo que creemos y pensamos de nosotros mismos impulsa nuestra auto-conversación. Es decir, la manera en que hablamos con nosotros mismos puede empoderarnos o privarnos de poder. Puede ser que cuando niños hayamos generado una auto-conversación negativa, que nos desautoriza y nos hace sentir inferiores, que no tenemos control sobre nuestras vidas, como una víctimas. Como niños puede que hayamos sido victimizados, pero eso no significa que como adultos debemos seguir siéndolo.

“Incluso en circunstancias en las que creemos que no tenemos una opción, siempre tenemos una opción, incluso si es sólo el poder de elegir cómo pensamos acerca de nuestra vida. Tenemos poco o ningún control sobre nuestros entornos y nuestras vidas cuando somos niños, pero ya no somos niños. Es probable que seamos más capaces de cambiar nuestra situación de lo que creemos”, explica Brandt, quien además recomienda que en vez de mirarnos como víctimas, nos miremos como sobrevivientes, recordando que somos más capaces de lo que creemos.

3- Comportamiento pasivo-agresivo

En la vida diaria, la pasividad-agresividad se manifiesta por ejemplo, cuando dices que olvidaste hacer algo que en realidad nunca quisiste hacer (ej, una tarea), cuando dices que “sí” a algo cuando en verdad querías decir “no”, cuando te quejas constantemente con terceros y no son quien ocasiona tu queja sin resolver nada, cuando ocultas resentimiento con una sonrisa, cuando eres vengativa, manipuladora y cuando lo haces todo para evitar una confrontación, pero a un precio muy alto: guardando mucho rencor.

“Cuando los niños crecen en hogares donde sólo hay expresiones malsanas de ira, crecen creyendo que la ira es inaceptable. Si fuiste testigo de la ira expresada violentamente, entonces como adulto podrías pensar que la ira es una emoción violenta y por lo tanto debe ser suprimida. O, si creciste en una familia que reprimió la ira y tus padres te enseñaron que la ira está en una lista de emociones que no debes sentir, la suprimes, incluso cuando como adulto podrías beneficiarte de la ira”, cuenta la experta.

También puedes ver: la importancia de aprender a observar a nuestros hijos.

4- Eres demasiado pasiva

Una persona pasiva se dice a si misma “Sé lo que tengo que hacer, pero no lo hago”. Cuando un niño fue descuidado o abandonado, puede enterrar su ira y su miedo con la esperanza de que así nadie nunca más lo vuelva a abandonar o descuidar nuevamente. Como adultos nos retrasamos porque no nos dejamos sentir nuestros sentimientos y no estamos a la altura de nuestro potencial.

“Cuando enterramos nuestros sentimientos, enterramos quiénes somos. Debido al trauma emocional de la infancia, podemos haber aprendido a ocultar partes de nosotros mismos. En ese momento, eso nos puede haber ayudado. Pero como adultos, necesitamos nuestros sentimientos para decirnos quiénes somos y lo que queremos, y para guiarnos hacia convertirnos en quién queremos ser”, explica Brandt.

El consejo es si al leer esto te sentiste identificada, no te estanques y busques ayuda profesional, ya que eso te ayudará a superar traumas y lograr sentirte más plena y feliz.

Por: Fernanda Urzúa M.

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