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martes, 22 agosto 2017

Cuando menos me he preocupado por mi peso más feliz he sido, carta de una ex gordita

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Hace mucho que no me sentaba a escribir una nota en formato de columna y me encanta ahora poder hacerlo desde Mujer&Punto, un sitio increíble que se ha abierto camino poco a poco en toda Latinoamérica. Y claro, que comparte muchas de mis visiones del mundo…

Como que en este sitio buscamos vivir libres y felices con nuestro cuerpo, tal cual es, bajo una perspectiva de salud, obviamente. En Mujer&Punto queremos mujeres felices, y estos días me ha tocado reflexionar sobre algo en lo que no había caído en cuenta:

Cuando menos me he preocupado por mi peso más feliz he sido.

Toda mi vida he batallado con el sobrepeso… desde que me bajó el tema de los kilos de más ha estado presente en mi vida, día a día, lonja a lonja, talla a talla.

Pero durante años esa batalla ni siquiera era pesada… Era algo con lo que tenía que vivir todos los días y que era tan parte de mi realidad como ser rubia. Tuve la fortuna de atravesar la secundaria, la prepa y hasta la universidad sin que mis kilos de más representaran una carga a mi autoestima.

Sí, siempre estuve consciente de que era más gorda que mis amigas, que mis caderas usaban jeans enormes y que con mis bras podías hacer un paracaídas. Pero esto era tan normal para mi como cualquier otra cosa de mi cuerpo que no pudiera (o no quisiera) cambiar, como el color de mis ojos o de mi cabello o el hecho de ser blanquísima como la leche y jamás poder broncearme. Estas características físicas me definían pero no me limitaban… Yo era rellenita, fin de la historia.

Ser la gordita del grupo no me limitó nunca, ni en autoestima ni en ligues. Tal vez porque no tuve opción, pero mi seguridad no se basaba en mi físico. Y sí, tal vez fui el cliché de la gordita buena onda, la gordita simpática, la chica que le cae bien a todos porque su físico no resulta tan atractivo. ¡Pero eso jamás me hizo sentir menos!

Claro que hacía dietas y seguía todos los consejos que encontraba para no subir más de peso, pero era parte de una rutina habitual de vida en la que sabía que debía comer más lechuga y menos pizza, pero si un día tenía ganas de pizza tampoco se me acaba el mundo.

Y chicas… era muy feliz.

Y durante esos años jamás me faltó ni seguridad, ni amor propio, ni amigas, ni novios. De alguna manera, sin saber que eso es lo que estaba viviendo, esa comodidad con mi cuerpo rellenito reflejaba seguridad y me hacía atractiva, sin importar las lonjas ni los kilos.

Durante la Universidad, los 4 años en los que menos me importó si era gorda o no, fueron los años que más historias dramáticas y felices tuve con hombres a los que quise con todo mi corazón veinteañero. Porque una persona feliz atrae a otras personas felices.

A los 25 me entró una crisis existencial (como a todas, supongo…) y decidí cambiar mi cuerpo, tomar control de mis lonjas y tratar de erradicarlas. El proceso ha sido larguísimo y sin duda muy retador y sobre todo muy educativo.

Ahora entiendo de carbohidratos, grasas, fibras… sé cómo se procesa una cosa y la otra y cómo ayudarle a mi cuerpo a mantenerse más sano a base de cosas verdes y naturales y ejercicio y agua y todas esas fórmulas que sabemos funcionan tanto para bajar de peso como para cuidar la salud.

Sin embargo, llevo 5 años contando calorías. Llevo 5 años pensando en si esa rebanada de pizza hará que ya no me quede el vestido y estresándome cada vez que siento más ajustados los jeans.

Cada vez que subo de peso me genera una angustia que nunca antes había experimentado en mi vida… llevo 5 años preocupada por cada mordida que doy, porque ahora que conseguí un cuerpo menos rellenito no lo estoy disfrutando como debería.

¿Les ha pasado?

Quise compartir con ustedes esta reflexión porque a la mejor habemos muchas mujeres así, peleándonos todos los días con el botón de los jeans y el zíper de los vestidos, odiándonos por comernos esa hamburguesa y obligándonos a masticar 20 veces la comida para que tu cerebro sepa que está satisfecho.

Quiero creer que hay un punto medio hacia el que espero llegar… un punto en el que pueda tomar todo lo que he aprendido sobre nutrición en estos años y aplicarlo a mi rutina diaria sin estrés.

Estoy convencida de cuidar mi cuerpo por salud… Quiero comer sano porque quiero estar sana, porque me importa que mi cerebro funcione al 100% y que mis rodillas me permitan cargar a mis hijos y luego a mis nietos… ¡Pero no quiero vivir estresada por las calorías!

¡Me rehúso a pasar los próximos 30 años peleándome con mis lonjas! Y el problema fue que, una vez que bajé tanto de peso como para ya no sentirme rellenita, vivo en pánico de volver a ser gorda.

¿Dónde estará ese punto medio en el que una viva feliz con sus lonjas pero sana? ¿Cómo hacerle para despreocuparnos por los kilos sin dejar de preocuparnos por comer sano?

Yo sigo en la búsqueda de ese equilibrio, así cualquier sugerencia es muy bien aceptada…

Por: Caro Saracho

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